viernes, 10 de abril de 2015

Mamás Colaboradoras - Natalia

Creo que la mejor forma de empezar a hablar de mi  maternidad es dejaros aquí la definición de hijo por José Saramago, porque como podéis leer, lo explica a la perfección:

“Hijo es un ser que nos prestaron para un curso intensivo de cómo amar a alguien más que a nosotros mismos, de cómo cambiar nuestros peores defectos para darles los mejores ejemplos y de nosotros aprender a tener coraje.
Sí, ¡es eso!
Ser padre o madre es el mayor acto de coraje que alguien puede tener, porque es exponerse a todo tipo de dolor, principalmente de la incertidumbre de estar actuando correctamente y del miedo de perder algo tan amado.
¿Perder? ¿cómo?
No es nuestro, ¿recuerdan?
Fue apenas un “préstamo”.
Cierto, pero es un préstamo que llega a convertirse en el don más preciado que jamás llegamos a tener en el efímero tiempo que dure el empréstito.
Un préstamo por el que damos la vida, sabiendo que hay que devolverlo.
Un préstamo sin intereses pero cuyo cuidado lleva implícito ¡el más alto sacrificio y la defensa más sólida!
Cuida tu préstamo, muchos lo querrán, otros lo odiaran,
¡Sin embargo para ti no tiene precio!”


Tengo dos hijos preciosos, Enzo y Maya. Entre los dos no suman los 4 años. Y aun siendo tan pequeños, es increíble cómo pueden sacar lo mejor de mí, y provocar ese sentimiento de amor absoluto que me sobrepasa muchas veces. Tan grande que no sabes cómo explicarlo con palabras, porque llega a ser casi tangible, cuando nunca les das un beso que sea lo suficientemente grande, o un abrazo lo suficientemente fuerte como para expresar lo que sientes por ellos. En una entrada de mi blog escribía hace tiempo que a veces tenía que contenerme porque les quiero tanto que a veces temo aplastarles entre los brazos de puro amor.
Y ser padre o madre es el mayor acto de coraje, porque si les pasa algo, tú te mueres. Sin más.
Parece que hoy estoy muy tremendista, debe ser por la falta de sueño, que ser madre también implica dormir menos, (mucho menos). Y que te despierten en mitad de la noche encendiéndote la luz, y tú que no puedes ni abrir los ojos y no sabes ni dónde estás, y te digan con las zapatillas en la mano -¿Vamos a jugar al salón, mami?-. Y duras penas atinas para ver el móvil de tu mesilla y descubrir que son las cinco de la mañana. Genial, para cuando se duerma, tú te habrás desvelado lo suficiente como para no volver a dormirte, así que va a ser un laaaargo día.
También es renunciar a muchas cosas que antes dabas por garantizadas, cosas aparentemente sencillas como ir al baño tú sola y no tener dos mini espectadores sentados delante de ti, uno de ellos diciendo “mami, ¿qué estás haciendo?” tres o cuatro veces en el transcurso de una micción, y la otra porque aún no habla, que si no… ahí, los tres, en amor y compañía, en el baño de dos metros cuadrados.
O el placer de leer un libro en un tiempo normal. Ahora, el día que soy capaz de leerme dos páginas del libro de turno y se me saltan las lágrimas de la emoción, y teniendo en cuenta que me estoy leyendo el último ladrillo de Ken Follet, igual lo acabo dentro de 5 años.
Podría poner más cosas, pero parecería que hay más malo que bueno, y nada más lejos de la realidad. Me mata no dormir, si, lo llevo fatal, me pone de una mala leche tremenda; pero lo compensa cien mil veces levantarme e ir a despertar a Maya, cogerla después de que se estire en la cuna a sus anchas y tenerla abrazada un minuto, (se abraza como un pequeño koala) con la cara hundida en su minicuello respirando su olor a bebé. Se me olvida que llego tarde a la oficina. Se me olvida el sueño y se me olvida el mundo.
Y ver como Enzo crece y aprende y habla como una cotorra, y va siendo personita poco a poco me hace babear a litros. Me hace recobrar la ilusión por las pequeñas cosas, cuando le veo emocionado perdido sin poder contenerse con el hecho de ver un caballo en la calle, o un avión que nos sobrevuela. O una grúa, o un tractor. Cualquier cosa. E intento aprender de él cada día a recobrar ese sentimiento perdido en algún momento de la adultez.
Cada edad tiene sus cosas, y aunque me da una pena tremenda que crezcan, a su vez verles crecer me enorgullece y me alimenta como nada en este mundo.
Para mí, entre otras muchas cosas, esto es la maternidad. 










No hay comentarios:

Publicar un comentario